No tenía ni idea de quién era ese hombre pero ya me lo había encontrado varias veces. No había día que repitiera su recorrido, parecía caminar sin rumbo fijo y, sin embargo, siempre acababa cruzándome con él. Lo más extraño es que cada vez que nos encontrábamos se me quedaba mirando, embobado, como si me viera por primera vez; no daba señales de reconocerme.
Había intentado cruzar unas palabras con él pero su conversación era tan errática como sus pasos, todo era inconexo en ese hombre.
Williams decía llamarse. O al menos eso repetía constantemente.
Tengo que reconocer que me producía cierta curiosidad, no él, obviamente; sino la situación que le había llevado a aquel estado.
El claro contraste que ejercía con el resto de habitantes de la ciudad de la felicidad era cautivador, más de una vez me había sorprendido a mi misma pensando en él mientras realizaba mi paseo diario. No era habitual en mí.
Pasó el tiempo y la casualidad se volvió rutina, los encuentros inesperados empezaron a hacerse predecibles y las conversaciones cada vez más aburridas. Como siempre, había perdido el interés.
Cierto día dejé de verlo. No volvió más. Sinceramente esperaba que no hubiera muerto, aunque tampoco le echaría de menos.
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Mi casa estaba situada a escasos metros de las instalaciones del centro Wellness. La había escogido ahí porque necesitaba un lugar desde donde poder observar a toda esa marea de gente que entraba y salía de sus edificios. Empleados y clientes.
Daba igual el estado en el que entraran, todos salían con una sonrisa de allí, como si nada les afligiera, como si les hubieran drogado.
Sólo había una persona a la que no había visto todavía, Adam Smith, dueño de la compañía.
El hombre más bueno del planeta y a la vez el más enigmático. Nadie sabía de donde había salido hasta que apareció de la mano de su método Wellness. Su ascenso hasta posiciones influyentes había sido tan meteórico como misterioso.
Había intentado investigar su pasado en otras ocasiones y siempre me había dado de bruces contra un muro de anonimato y privacidad como si alguien se hubiera ocupado de borrar sus huellas.
Por eso decidí venir aquí, al origen de todo, a su hogar.
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