El feliz espejismo en el que vivía se deshizo dando paso a la dura realidad que había detrás.
Llegando a casa me encontraba, la lluvia arreciaba y no podía esperar el momento de sentarme junto a mi familia y hablar de como les había ido el día a cada uno de ellos.
Mi mujer Eloise y mis queridos hijos, Max y Dana; mellizos.
Sólo dos calles faltaban cuando me di cuenta que algo no andaba bien; con el corazón comprimido y una horrible sensación en el pecho, me di prisa y empecé a correr rezando a los dioses porque no hubiera pasado nada.
Desolación. Eso fue lo ünico que sentí al ver la cantidad de gente que había rodeando lo que debía haber sido mi casa, ahora pasto de las llamas.
"La exclamación ahogada de Neil y algunos de los presentes fue lo único que perturbó el silencio que se había formado en la sala. El viajero bebió otro trago."
-¡Dejadme pasar! ¡SOLTADME! ¡Mi familia está ahí dentro!
-Pero señor, no puede ir ahí morirá usted también - me respondió uno de los que me sujetaban. Ni siquiera recuerdo su cara...
-¡Me da igual! ¡Tengo que ir! ¡Me necesitan! - grité mientras soltaba codazos intentando liberarme de las personas que me sujetaban.
No pude hacer nada, simplemente pude observar como mi casa se consumía hasta no dejar nada salvo ruinas calcinadas del color del carbón. No hay día que no me invadan esas imágenes al cerrar los ojos. Si hubiera estado ahí, podría haberles salvado...
No hubo entierro, sus cuerpos se habían convertido en cenizas, impidiendo que pudiera honrar sus muertes; hasta de eso me privó el destino. Nadie supo como se había ocasionado, podía haber sido cualquier cosa; en esa época los incendios eran muy frecuentes debido al viento que arreciaba por aquella zona; la probabilidad de que tirara una vela o una lámpara mal sujeta era muy grande. Tuvimos suerte de que no se propagara a más casas dijeron.
¿Suerte? ¿Qué sabrán ellos de la suerte? El único que lo había perdido todo era yo; ya no me quedaba nada; ni familia, ni hogar... nada.
Desde ese momento me dediqué a deambular por las calles sin nada que hacer, como un alma sin vida, sobreviviendo gracias a los cuidados de una amiga de la familia, la adorable Jaqueline; de no ser por ella habría muerto, me había abandonado a mi mismo.
Así pasaron los meses hasta que llego Enario, época de felicidad y celebración donde la gente se reúne con su familia frente al calor del hogar e intercambian regalos; sin embargo, yo ya no tenía a nadie con quien compartir y la familia de Jaqueline me recordaba a la que yo había perdido... Era demasiado doloroso, así que,decline su invitación y empecé a vagar por las calles sin rumbo fijo. Todo me recordaba a ellos, el parque donde conocí a Eloise, la tienda a la que siempre íbamos a comprar dulces para Max y Dana, el columpio donde Max se hizo una herida...
No podía soportarlo así que cerré los ojos para no ver nada y salí corriendo sin mirar por donde iba hasta que tropecé con una piedra y caí al suelo. Al abrirlos me encontré con la desoladora imagen de mi casa derruida. No podía creerlo; inmediatamente noté como los ojos se me inundaban y toda la tristeza acumulada hasta ese día estallaba en un torrente de lágrimas que caían en silencio. La desesperación me inundó mientras recordaba lo impotente que me sentí ese día; la casa en llamas, la gente sin rostro agarrándome, los susurros de la multitud...
Lo siguiente que recuerdo fue encontrarme en la habitación de Jaqueline con toda su familia mirándome, al parecer me había desmayado y un viandante me había reconocido y me había traído hasta aquí. Mi cerebro no había podido con toda esa presión.
Pasaron las horas y la gente se empezó a ir, regresando a sus hogares a realizar sus quehaceres diarios; la única que se quedó fue Jaqueline:
- ¿No deberías irte tú también?
- Antes quiero asegurarme de que estás bien y no te vas a volver a desmayar.
- Estoy bien, no te preocupes. Gracias por todo lo que has hecho por mí.
- No seas tonto, en el templo nos enseñan que hay que ayudar a los necesitados, y en este momento no conozco a nadie que necesite más ayuda que tú.
Por cierto, te he dejado la nota en la mesilla; que al subirte a la cama se ha caído al suelo.
- ¿Qué nota? - pregunté extrañado
- La que tenías en el bolsillo de la chaqueta - me respondió mientras cerraba la puerta y se alejaba por el pasillo - Duerme. Necesitas descansar.
Yo no tenía ninguna nota en el bolsillo cuando salí de casa, me habría dado cuenta; alguien tuvo que ponerla ahí mientras estaba inconsciente. Con toda la rapidez que me permitía mi estado, me acerquë a la mesilla y cogí la nota; tan sólo había 4 palabras escritas.
NO FUE UN ACCIDENTE
N. del A: El texto en cursiva corresponde a lo que ocurre dentro de la taberna. No está relacionado con la historia.
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