Barba de 3 días, hombros caídos y la mirada de aquel que ha dejado de ser hombre convirtiéndose en la sombra de un pasado ya remoto..
Así entró el, hasta ahora, visitante más extraño que ha pisado el suelo de mi bar.
Muy buenas, pasen y siéntense, soy Khal el dueño y único camarero de "La posada del viajero" ese lugar al que la gente acude a ahogar sus penas y contar sus pesares las sombrías noches que acontecen en Flament Street.
-Wiskhy con soda - pidió nada más entrar, antes siquiera de sentarse. Acto seguido se quitó la raída chaqueta, se acercó a la gramola y dejó que la desoladora melodía de Gloomy Sunday nos inundara los oídos.
-Otro - dijo después de beberse el primero de un trago y dejando caer el vaso con la desgana de aquel que lo ha perdido todo y busca sumergirse en la bebida en busca de... nada.
-Enseguida - respondí mientras le llenaba su segundo, y no último vaso de la noche - ¿Se puede saber que le ha traído hasta mi humilde taberna caballero? La gente suele contar su historia para así aliviar la carga que les ha traído hasta aquí; y los parroquianos y yo estaríamos encantados de escuchar la suya. Si le place, por supuesto.
-Una leyenda cuenta que aquel que relata sus desgracias en esta posada, al salir, se convierte en una persona distinta y no vuelve jamás por aquí - comentó el viejo John, uno de los feligreses más antiguos.
-Si es así, ¿qué hacéis todos aquí? - le respondió el viajero de mala manera - sólo he venido aquí porque he visto las luces encendidas. Nada más.
-Por algo es una leyenda muchacho. Además, para que se cumpliera tendríamos que salir de aquí - dijo John entre risas, ganándose las carcajadas de las personas restantes.
-Métase en sus asuntos viejo, no estoy para estupideces.- comentó antes de acabarse lo que le quedaba en el vaso - Otro.
Mi carga no es de esas que se alivian con un rato de charla estúpida. Si fuera así no estaría aquí.
-Por probar no pierde nada; aquí estamos acostumbrados a todo tipo de historias: asesinatos por herencias, robo de joyas y virginidades... hemos oído de todo. ¿A usted qué le ha llevado a su c.. bueno, a estar aquí - intervine.- Y no se preocupe, ninguno de los que estamos aquí vamos a juzgarle, no estamos en condición para ello. A fin de cuentas, si estamos aquí es porque en nuestro pasado hay algo... extraño.
-No es vuestra opinión lo que me preocupa, sino las consecuencias de poseer algo que no os corresponde - respondió con voz ronca mientras se señalaba con un gesto más que obvio la cicatriz que atravesaba su mejilla izquierda.
-¿El qué? Ninguno de los que estamos aquí poseemos nada salvo lo justo para poder pasar aquí la noche - comentó Neil, uno de los clientes más asiduos.
-¿Sabéis qué es esto? - preguntó sacándose lo que parecía una piedra del bolsillo de la chaqueta.
-¡Pásala por aquí, Neil! - gritó John al ver al joven acercarse, sin darse cuenta de que se había quedado paralizado y su cara se había contraído en un gesto de terror.
¿Neil? ¿Estás bien muchacho? ¡Creo que le ha sentado mal la cerveza! ¡Ja, ja, ja!
-¡No puede ser! ¿¡Cómo tienes tú eso!? ¡Sácalo de aquí ya! ¡Nos matarás a todos! - gritó Neil yéndose a la otra punta del bar, queriendo estar lo más alejado posible de aquella extraña piedra.
-¿Pero que diantres te ocurre Neil? - preguntó John acercándose a ver que era lo que había asustado de aquella manera al intrépido Neil.
Su reacción fue la misma:
-¡Échale Khal! ¡Échale! ¡Eso no debería estar aquí!
-Ya conoces las normas John, no ha hecho nada malo. Puede quedarse.
-¡Nos traerá la desgracia a todos! ¡Vamos a morir!
-Os lo dije - comentó el viajero sin inmutarse, bebiéndose el que sería su, ya, cuarto vaso de la noche.
-¿Qué es? - preguntó el más joven de los allí presentes - a mi me parece una piedra normal y corriente - comentó dándole vueltas entre sus manos.
-¿El señor nos contará su historia? - pregunté mientras acababa de colocar los vasos recién lavados en el estante - después de este revuelo que ha armado yo creo que nos lo debe.
-Todo comenzó hace tres años...
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