Sin embargo, quería continuar, la recompensa me atraía.
Estás tú y tu camino, y eso te basta.
Todo estaba en penumbra. Unas luces titilaban a lo lejos pero nada que pudiera alumbrar el camino que seguía aquella noche.
¿Tenía miedo? No, miedo no era la palabra. Precaución sí, no sabía que me podía encontrar en ese lugar; pero, ¿miedo? Era una palabra demasiado fuerte que extinguiría la emoción que sentía en aquel momento.
No sabía donde estaba, pero no me importaba; simplemente tenía que andar un camino ya recorrido por otros. Seguir sus pasos.
Si otros lo habían logrado, ¿por qué yo no? Me repetía una y otra vez.
Sí, tal vez eran más fuertes y más inteligentes; e incluso puede que fueran mejores que yo; pero hay algo que marca todo lo demás, el esfuerzo.
El esfuerzo es la diferencia entre elevarte a los cielos o condenarte al fracaso, y algo tenía muy claro:
A esfuerzo no me gana nadie.
Una vez reafirmados mis pensamientos seguí andando teniendo cuidado por donde pisaba; podía haber cristales.