Una noche tan oscura como el alma de aquel que vaga por el bosque esperando encontrar su destino abandonando toda la humanidad que le queda. Los lobos no aúllan puesto que no hay luna, las lechuzas no osan asomar la cabeza siquiera para comprobar que ha llegado su hora. Nada perturba el silencio en el que se encuentra aquel joven de mirada vacía y alma destrozada. Bueno, si es que a esos huesos se les puede llamar joven y a esos despojos de voluntad apagada, alma.
Lo único que hace es esperar, espera la llegada de un nuevo día en el que no ocurra nada, espera la llegada de un viajero descuidado que pueda asesinar y librarle del sufrimiento del que tan ciegamente cree él que está lleno el mundo.
Ruido. Parece ser que hoy tendrá suerte. Se levanta con el sigilo de quien está acostumbrado a no ser visto y con un movimiento aparentemente automático se agazapa a la espera de que el incauto viandante pase a su lado. Cada vez está más cerca. Su respiración se empieza a agitar pensando en la posibilidad de comer algo hoy, ya que llevaba varios días sin probar bocado y sus tripas rugían desde hace tiempo.
Pasan los minutos y la espera se hace eterna, pero no pasa nada, ha aprendido a ser paciente, esperará todo lo que haga falta con tal de conseguir su objetivo; eso le habían enseñado.
¡Por fin! Ya está aquí su esperada presa, piensa mientras va tensando cada uno de los músculos de su destrozado cuerpo. Sin embargo, hay algo que no había previsto, ¡son tres! Un niño pequeño de unos seis años acompañado por sus padres. Parecen agitados, deben de haberse perdido, tal vez se les averió el coche y vinieron hacía aquí llamados por el leve resplandor de los restos de la hoguera que había usado para calentarse aquella noche.
¿Acaso no sabían que los bosques son peligrosos? De noche salen a cazar las bestias que lo habitan, animales rabiosos cuyo objetivo era el mismo que el del joven acechante: sobrevivir un día más.
Es peligroso atacar ahora, no contaba con eso. Aunque descarte al niño siguen siendo dos y el hambre me ha debilitado, pero necesito comer pronto o acabaré perdiendo el leve resquicio de razón que me queda, acabaré siendo consumido por la Locura, La única a la que no puedo hacer frente con mis puños, lo que más temo y siempre he temido en este mundo.
Decido seguirles. Si, esa será la mejor opción por ahora. A ver a dónde se dirigen.
Camino con ellos un largo trecho viendo como cada vez se agitan más, tal vez conscientes del peligro que acechaba en ese bosque.
De pronto el niño comienza a llorar ¡Maldición! eso alertará a las demás criaturas, no puedo dejar que siga así o tendré problemas cuando lleguen.
He tomado una decisión, correré el riesgo. Es mi única opción, la última oportunidad que tengo de conseguir algo de comer esta noche y probablemente la única que tenga este mes.
Busco a mi alrededor en busca de algo que me sirva para noquearles, un palo o quizás una piedra. Da igual. No tengo tiempo. Me acerco a un árbol y amortiguando el sonido con el llanto del bebé, parto una rama. Ya lo tengo, ahora solo falta lo más difícil. Me adelanto un poco más por el camino y les espero en la siguiente curva agazapado entre los matorrales que cubren ambos bordes de la desgastada senda que recorren. No tardarán en aparecer...
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