No tenía ni idea de dónde estaba, la niebla lo cubría todo impidiéndome ver más allá de dos metros.
Seguí andando teniendo cuidado con cada paso que daba, poniendo un pie delante de otro intentando no desviarme del camino hasta que lo encontré.
Era un precipicio tan alto que, aunque la niebla se había despejado, era incapaz de distinguir el fondo, si es que lo había.
Tenía que saltar, lo sabía, pero tenía miedo; las piernas me fallaban, incapaz de hacer otra cosa que no fuera temblar a pesar de mis esfuerzos por parecer sereno.
-¿Saltamos juntos? -me sobresaltó una voz a mi lado
- Pero no se ve el fondo -dije aparentando una calma que no sentía.
- Eso es lo divertido
Dicho esto, cogió mi mano y saltó sin dudarlo un instante arrastrándome con ella.
Instantes después la tranquilidad y la calma que me invadieron hicieron eco en mi cuerpo haciendo que dejara de temblar. Al final, sólo había que lanzarse.
Me giré para agradecérselo pero, donde debía haber alguien, sólo quedaba el rastro de una neblina, como si nunca hubiera existido. ¿Me lo habría imaginado?
De súbito el agua me inundó sin previo aviso, rodeándome por todas direcciones sin llegar a ahogarme; podía respirar sin problemas y mis ojos eran capaces de distinguir los detalles con claridad meridiana.
Nunca me había sentido tan bien bajo la superficie..
Empecé a bucear, moviéndome de un lado a otro explorando todo lo que ese océano tenía por ofrecer, sin embargo, de todas las direcciones posibles, siempre había una que me llamaba más que las demás, hacia abajo.
Quería ir más hondo, más y más esperando descubrir todos los secretos y tesoros que se escondían en ese mundo inundado.
Cada día iba un poco más hondo y cada día descubría que se podía ir un poquito más. Parecía no tener fin, pero eso me daba igual, era lo mejor de todo aquello, que no había un fondo, que no había un final.
Nunca te cansabas de ir al siguiente nivel, de explorar todos y cada uno de los recovecos y cuevas que anidaban ahí abajo, de pasar tres veces tu mirada por un sitio y descubrir en la cuarta algo nuevo en lo que no habías reparado antes.
Había zonas tan iluminadas que tenías que cerrar los ojos, como si el Sol hubiera dejado un pedacito como recuerdo; otras, sin embargo, eran tan oscuras que no podías ver ni tus propias manos. Daban miedo, pero eran mis zonas favoritas, y las que más me gustaba abrazar.
Conseguí llegar muy abajo, pero sé que aún no he llegado ni a la mitad de la mitad antes de llegar al fondo, si es que acaso lo hay.
- ¿Y cómo se llamaba ese mundo?
- Era tan profundo que le pusieron el nombre de una fosa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario