jueves, 30 de enero de 2020

Escape

La verdad es que al principio me asusté. Vi como caía la sangre lentamente deslizándose por mi antebrazo.
Al principio dolió, pero no tanto como pensaba. El frío tacto del metal cortando mi fina piel fue sustituido poco a poco por el calor de la sangre que manaba de la herida.
Probé a hacerme otro. Y otro. Y otro más. Cada vez más rápido y cada vez más profundo, ya no sentía los cortes.

¡Ay! Creo que había llegado al hueso. Bueno, daba igual.
Me quedé sentada mirando embobada el recorrido que hacía la sangre formando ríos rojos a lo largo de mi brazo. Era muy bonito.

Estaba en paz.

Con el primer corte desapareció la rabia.
Con el segundo, la tristeza.
El tercero se llevó al miedo consigo.
Y con el cuarto me quedé vacía.
La culpa había desaparecido.

Estaba en paz.

Me quedé un buen rato ahí tirada, sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la cama y la cabeza entre mis piernas mientras la luz que entraba por la ventana se reflejaba en el cuchillo que acababa de usar para castigarme. Estaba llorando, yo no quería hacerme esto.

Pasada media hora me levanté, me lavé la heridas, vendé mi brazo y me fui a dormir.
Mañana será otro día.

Buenas noches.

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