miércoles, 19 de junio de 2019

Nosotros

Éramos como la noche y el día. Ella tan brillante y luminosa. Yo tan sombrío y oscuro.
Dicen que los polos opuestos se atraen, pero esto sólo se cumplía para uno de los dos.
Ella era tan cálida como una tarde de primavera, yo el frío de una solitaria noche de invierno.

Eramos las dos caras de una misma moneda destinadas a estar juntos, condenados a no poder verse.
Un dios juguetón la lanzó al aire y, como suele ocurrir en estos casos, uno miro al cielo y otro besó el asfalto.
Esta vez me tocó aprender.

La suerte de conocerte, la desdicha de perderte.
Supongo que a esto llaman karma, el destino de un escritor que nunca terminó una historia condenado a sufrir las consecuencias de sus actos.

Dicen que aquel que juega con fuego acaba quemándose, y para el hielo, cualquier soplido es cálido.
El agua acabó apagando las llamas que una vez existieron, mojando las cenizas para evitar al ave Fénix.

Podías perderte en su mirada, ¿sabías? Era un laberinto infinito que no sabes a dónde te llevaría. Cambiaba con cada parpadeo, y si te detenías un segundo, era cada vez más hondo.
Nunca llegué hasta el final, cada vez que pensaba haberlo encontrado aparecía un nuevo camino que me invitaba a continuar.

El fallo fue mío, la luz que irradiaba no fue suficiente y acabé sumido en la oscuridad a la que tanto estaba acostumbrado,.

El escorpión mató a la rana por su naturaleza, y yo hice lo propio por la mía.

Al trébol de 4 hojas se le cayeron los pétalos, el ocaso había llegado.

Nunca pensé que la eternidad fuese tan corta.

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