lunes, 20 de mayo de 2019

Bajo la tormenta

Llevaba lloviendo 3 semanas y no parecía que fuera a parar. El sol se había ido hace mucho y todo se había tornado de un triste color gris.
Seguía caminando porque no quedaba otra, pero el último lugar donde guarecerse de la tormenta había quedado atrás hace mucho.

Cada mañana miraba al cielo con esperanza y acto seguido bajaba la mirada con resignación. De vez en cuando me parecía ver un resquicio de luz, pero a estas alturas estaba seguro de que eran ilusiones mías.
Ya sólo sentía frío, el calor que había llegado a sentir meses atrás se había ido.

Mis compañeros de viaje me ayudaban, y se lo agradezco, pero por muchos paraguas y abrigos que me dieran seguía sintiendo cada gota sobre mi piel como si de puñales afilados se trataran. Si hubiera prestado atención a las señales...

Me dejé distraer por la belleza del camino y no supe reconocer los vientos que aullaban a ambos lados del camino,.
Echando la vista atrás todo resulta más obvio.

Me han comentando que tras las montañas hay una tierra prometida, donde los pastos son verdes, los bosques frondosos y los ríos llevan agua transparente como el cristal.
Donde el sol brilla con más fuerza y por la noche refresca para que puedas dormir bien.

Sin embargo, soy de los que creen que sin tormentas las plantas no pueden crecer. El agua de la lluvia es necesaria para la vida, sin su agua se secarían y acabarían muriendo.
El agua limpia y purifica, elimina todo lo que no esté bien arraigado y prepara el suelo para nuevos brotes.

Así que lo siento, pero me quedo aquí. Esperaré a que amaine.